POR MÍA, ESPERANZA Y FACUNDO
E.E.S N°46
—¿Estás bien? —preguntó la hermana de Mónica.
Mientras cocinaba, le respondió:
—Sí, estoy bien, solo me duele la cabeza…
Pero ella sabía que era mucho más que eso.
Antes de casarse con Luis, él era un hombre amoroso y atento. Por eso nos casamos. Mi mamá siempre me dijo que ese hombre ocultaba algo, pero de a poco dejó de insistir: no quería arruinar el gran día.
Unos años después, él empezó a cambiar. Ya no me hablaba con cariño y no salíamos a ningún lado. De a poco me fui encerrando, sin darme cuenta. Hace un año empezó todo: llegaron los gritos y las peleas sin motivo. Empezó a prohibirme que hablara con los vecinos, y poco a poco la prohibición llegó también a familiares y amigos.
En una de esas discusiones me agarró y me arrastró de los pelos, solo porque saludé a un vecino y se enojó. Una vez me dejó encerrada en la pieza todo un fin de semana sin comer, porque se me había olvidado prepararle la comida y lavarle la ropa. No lo hice porque creí que volvería más tarde, como venía haciendo. También empecé a notar que regresaba con olor a perfume de otra mujer, aunque me resistía a aceptarlo.
Después mi hermana confirmó mis sospechas: lo había visto caminando de la mano con una mujer. Decidí revisarle el celular y sí, estaba con otra. Eso fue lo último.
Me armé de valor y le dije que quería divorciarme, porque ya estaba harta de los maltratos emocionales. Al escucharme, perdió el control: me agarró del brazo y me gritó que sin él yo no era nada. Me solté y salí corriendo hasta casa de mi hermana. Ella me dijo que tenía que denunciarlo por maltrato. Meses después lo logré. Conseguí el divorcio. Él siguió insultándome y maldiciéndome, y entonces comprendí que él nunca iba a cambiar.