POR THIAGO, SANTIAGO Y NAHUEL
Alexander y yo éramos amigos desde la infancia. Éramos tan cercanos que íbamos juntos a la escuela todos los días.
En medio de una clase de Literatura, empezamos a notar que el suelo temblaba bajo nuestros pies y, de repente, comenzó a sonar una alarma. Mientras los alumnos se desesperaban y gritaban, los temblores se hacían cada vez más fuertes.
Empezamos a correr hacia la salida, pero el techo se cayó y la bloqueó. Mientras pensaba qué hacer, escuché un grito de Alexander. Le habían caído escombros sobre el brazo izquierdo. Me acerqué para ayudarlo, pero él me dijo que lo dejara allí porque los temblores eran cada vez más fuertes.
Yo le respondí que nunca dejaría a un amigo. Le dije que se apoyara en mi hombro y juntos fuimos hacia la salida de emergencia, esquivando algunos escombros. Con mucho esfuerzo, logramos salir. Después llevé a Alexander al hospital para que pudiera recuperarse.