POR SANTIAGO, ALMA, CELESTE Y MÁXIMO
Había una vez una niña de 15 años llamada Sarah, a quien Atenea llevaba tiempo observando desde lejos.
Al ver cómo, impulsivamente, intentaba defenderse de su padre abusivo, la diosa decidió intervenir y descendió del Olimpo.
Con ello, tomó la forma de una anciana, encontrándola en una plaza vacía, sola, desbordada y golpeada.
Se acerca con cautela y le cuestiona.
— ¿Qué piensas hacer con esto? —dice Atenea, tomando suavemente el rostro de Sarah.
Sarah se quedó en silencio por un momento.
— No lo sé.
La anciana no respondió de inmediato.
— Te vas a equivocar —dijo al final—. La diferencia es si sobrevives al error.
Sarah apretó los labios. —No quiero seguir así…
— Entonces deja de esperar que alguien te salve.
El silencio volvió a caer entre ellas. Pero esta vez, Sarah se sintió despierta.
— ¿Y usted? —preguntó, con miedo—. ¿Quién es?
La anciana sonrió apenas. —Alguien que ya aprendió lo que tú estás empezando a entender.
Y entonces, se apartó sin despedidas. Sarah parpadeó, y cuando volvió a mirar, ya no estaba.
Esa noche, Sarah no regresó a casa; se quedó pensando.
Atenea pasó días observando: sus momentos de debilidad, oportunidades,
y el miedo no desapareció, solo dejó de controlarla.
Una semana después, volvió con un plan.
Una llamada, testigos, pruebas.
Y por primera vez, su padre pagó.
Atenea seguía observando, porque ella no protege a los débiles, forma a quienes están dispuestos a dejar de serlo.