POR ESTEFANÍA Y LUCÍA
Mónica tenía 48 años y vivía sola con su hija de 16, Nahiara, en el barrio Altos de San Lorenzo. Desde que se había separado del padre de su hija, algo en ella había cambiado. No había sido una separación tranquila: discusiones constantes, momentos de tensión y una noche en la que él perdió el control y la trató muy mal dejaron una marca en Mónica. Desde entonces, el miedo se le había instalado en el pecho y la convirtió en una madre extremadamente protectora.
Cada vez que Nahiara salía, Mónica la llenaba de preguntas: con quién iba, a dónde, a qué hora volvía. Le revisaba el celular y se quedaba despierta hasta escuchar la puerta abrirse. No podía evitarlo. Sentía que si no controlaba todo, algo malo podía pasar.
Pero Nahiara ya no era una nena. Empezaba a cansarse de esa presión constante. Sentía que su mamá exageraba, que no confiaba en ella. Las discusiones se volvieron cada vez más frecuentes, casi siempre por lo mismo: la libertad.
—No me dejás hacer nada —le decía Nahiara, enojada—. Ni siquiera confiás en mí.
Mónica la miraba, con mezcla de enojo y preocupación.
—No es que no confíe en vos —respondió—. Es que tengo miedo de que te pase algo y no pueda ayudarte.
En el fondo, sabía que su hija tenía razón, pero el miedo le ganaba.
Una noche, después de una discusión fuerte, Nahiara tomó una decisión impulsiva. Le dijo a su mamá que se iba a dormir a la casa de una amiga. Mónica dudó, pero finalmente aceptó, intentando confiar, aunque por dentro algo no la dejaba tranquila.
Nahiara no fue a ninguna casa. Se fue a una fiesta.
La música, las luces y la gente la envolvieron rápido. Por un rato se sintió libre, lejos de los controles de su mamá. Pero en medio de la noche, mientras estaba distraída entre la gente, alguien le robó el celular.
Mientras tanto, en su casa, Mónica le mandaba mensajes que nunca recibían respuesta. Al principio pensó que Nahiara estaba ocupada, pero con el paso de las horas, la preocupación se transformó en desesperación.
Salió a recorrer Altos de San Lorenzo, llamó a conocidos, preguntó en todos lados. La culpa y el miedo la invadían. Se sentía perdida, sin saber qué hacer.
Esa misma noche, Nahiara también empezó a asustarse de verdad. Se dio cuenta de que no estaba preparada para esa situación. Lo que había empezado como un acto de rebeldía se convirtió en angustia.
Después de mucho intentar, logró comunicarse con alguien y finalmente reencontrarse con su mamá.
El abrazo fue inmediato.
Se quedaron un rato en silencio, hasta que Nahiara se separó un poco, todavía nerviosa.
—Ma… me re asusté, ¿entendés? No era joda. Pensé que estaba todo bien y de repente me quedé sola.
Mónica la miró, angustiada.
—¿Y vos pensás que yo estaba tranquila? No sabés lo que fue estar horas sin saber dónde estabas… me volví loca.
Nahiara frunció el ceño.
—Bueno, pero tampoco podés controlarme todo el tiempo. Así tampoco se puede vivir.
—No te controlo porque quiero joderte —respondió Mónica, ya más tensa—. Lo hago porque tengo miedo.
—Sí, pero ese miedo me termina ahogando —le contestó Nahiara—. Siempre es lo mismo, ma. No confiás en mí.
Mónica se quedó en silencio un segundo, tragando bronca.
—No es que no confíe… pero vos tampoco ayudás. Me decís una cosa y hacés otra.
Nahiara bajó la mirada, pero respondió igual:
—Bueno… sí, me mandé una cagada. Pero también porque siento que si te digo la verdad, no me vas a dejar.
Mónica suspiró, más cansada que enojada.
—Y… capaz tenés razón en eso.
Hubo un silencio corto.
—Pero tenemos que cambiar algo —siguió Mónica—. Yo no puedo vivir con este miedo todo el tiempo.
—Y yo tampoco así —dijo Nahiara—. Sintiendo que tengo que pelear por todo.
Mónica asintió despacio.
—Bueno… entonces vemos cómo hacemos. Yo aflojo un poco… pero vos no me mientas más.
Nahiara la miró.
—Bueno… está bien.
No era una solución perfecta, pero al menos ya no estaban gritándose. Y para las dos, eso ya era un montón.