POR: ERIC, IAN Y RENATA * E.E.S N°46
Franklin había comenzado sus estudios de química en Cambridge cuando se abrieron vacantes para chicas becadas. Rosalyn, una joven brillante y llena de sueños, consiguió una de esas preciadas becas. Entró a la universidad emocionadísima, sin imaginar que allí encontraría el amor de su vida.
El primer día, Rosalyn llegó con una sonrisa radiante, de oreja a oreja, saltando de felicidad por haber alcanzado su meta. Al entrar, se acercó a un chico y, con entusiasmo, comenzó a hablarle. Él, amablemente, la guio hasta su salón. Agradecida, Rosalyn se despidió y, al presentarse ante la profesora, recibió una bienvenida algo inesperada.
«Bienvenida», dijo la maestra, revisando sus papeles. «No te tengo en mi lista. Ve a esta dirección y pregunta si te pueden dar la tuya».
Rosalyn, algo confundida, preguntó: «¿Dónde queda esa dirección?».
La profesora, señalando a un joven, dijo: «Franklin, por favor, llévala a la dirección».
Franklin, con una sonrisa, respondió: «Sí, claro».
Mientras caminaban por los pasillos hacia la oficina, la conversación fluyó con naturalidad. Al llegar, la directora las recibió con una cálida sonrisa. «¡Hola, qué niña tan bonita! Eres la que ganó la beca, ¿verdad?».
Rosalyn, con orgullo, afirmó: «Sí, soy Rosalyn, la que ganó la beca. Di todo de mí para conseguirla».
La directora, conmovida, respondió: «Se nota que te esforzaste y diste lo mejor de ti. Tienes todo lo necesario, por lo que veo. Y ya conociste a Franklin, ¡qué bien! Aquí tienes tu lista».
Con la lista en mano, regresaron al salón. Franklin, viendo que Rosalyn no tenía dónde sentarse, le ofreció un puesto junto a él. Ella aceptó encantada, y desde ese momento, pasaron todo el recreo juntos.
Los días se convirtieron en semanas, y ellos seguían inseparables, aunque como amigos. Franklin, sin que ella lo supiera, se enamoraba más y más de Rosalyn. A menudo, sus gestos y miradas delataban sus sentimientos, pero ella, inmersa en la amistad, no se percataba. Hasta que, un día, Rosalyn también sintió que su corazón latía más fuerte por él. Fue entonces cuando, en un momento de valentía, Franklin se atrevió a pedirle que fuera su novia. Con el corazón desbordado de emoción, ella dijo que sí.
A partir de ese día, su amor creció con cada clase de química compartida, cada viaje de vuelta a casa donde se acompañaban, y cada vez que conocían a sus padres. Dos años después de aquel primer encuentro en la clase de química, su amor seguía tan vivo como el primer día. Juntos terminaron sus estudios, se graduaron, y más tarde, compartieron un hogar y se casaron. Siempre recordarían con cariño aquel primer día en que se conocieron, un día que marcó el inicio de la etapa más hermosa de sus vidas.