POR JAZMÍN, IARA Y JUANA
Había una vez un bosque sombrío, oscuro, donde se decía que una vez que alguien entraba, salía completamente distinto. Sobre ese lugar, había gente del pueblo que decía que los demonios tomaban los cuerpos y almas de la gente o quedaban traumatizados de por vida. Algunos llegaron a contar que en aquel bosque vivía una horrenda bruja llamada Evangelina. Contaban que era bajita, de piel muy arrugada, ojos saltones, pelo muy blanco, desordenado y enrulado. Vivía en una pequeña cabaña en medio de la nada, en un bosque muy oscuro y terrorífico, en el cual estaba lleno de magia negra y toda clase de espíritus y demonios malos. Dentro de su cabaña tenía algo que era mucho más sagrado que cualquier cosa: una campana, pero no una cualquiera, una que cuando suena, los demonios del mal buscan a alguien para matarlo.
Evangelina era una bruja muy particular a otras, aparte de ser mala y muy poderosa, había algo que era su punto débil, que cualquier alma negra que se atreviera a querer quitárselo sería torturada cruelmente.
Era una noche como cualquier otra en su cabaña oscura y acogedora, en la cual se pasaba día y noche preparando pociones de todo tipo. Las probaba con Severus, su búho viejo y amargado como ella, que podía, de un solo segundo, transformarse en cualquier cosa. Estaba por irse a dar un paseo nocturno cuando, de pronto, sintió una presencia que venía del más allá intentando aproximarse hacia el sótano que se encontraba debajo de su hogar, donde estaban ubicados muchos huesos, cabezas, calderos con pociones no terminadas y, a un costado, una campana vieja y oxidada. Parecía una como cualquier otra, pero cuando empezaba a sonar, mala suerte para quien escuchara y buena suerte para quien lograra huir.
Curiosamente, debajo de donde se ubicaba esta campana había una mancha negra, que era rodeada por hormigas y una nube de moscas. Evangelina, aterrada ante esta situación repentina y preocupada por su campana, que era más importante que su vida misma, decidió mejor no salir y quedarse en vela toda la noche por si alguien malvado decidía revelarse.
La noche pasaba y no había ocurrido nada espeluznante, así que la bruja prefirió no pensar en nada más y decidió irse a dormir.
Al día siguiente, Evangelina va en busca de que su campana siguiera estando allí. Estaba tal como había estado siempre, pero curiosamente, la mancha negra había desaparecido.
Pasaron los días y todo parecía volver a la normalidad, hasta que un día, la campana sonó.
Desde que había heredado la campana, nunca la había escuchado sonar. De repente, todo empezó a retumbar sin control y, de la campana, salió un humo negro asfixiante que consumió toda la cabaña.
De la campana salieron unos demonios del mal, que cuando aparecían, buscaban a alguien para matarlo y apoderarse de su alma.
Buscaban matar a Evangelina, quedarse con toda su magia y su alma porque sus ancestros habían cometido hechos atroces con las almas de los demonios que algún día habían sido personas, y buscaban venganza.
Eran siete demonios, buscando dividirse el alma de la bruja en cada uno de ellos y adueñarse de toda su magia. Y así fue: una vez que de la campana salieron, fueron hacia donde estaba Evangelina y le tiraron una vela negra, que contenía un hechizo para matar.
Prendida fuego, los demonios empezaron a arrancarle cada pedazo de su alma y a quedarse con toda su magia.
Lo último que Evangelina escuchó antes de morir fue la campana retumbando en su mente.