POR BIANCA, JAZMÍN, DANA, MILAGROS Y ORIANA
En el fondo de un bosque al que nadie quería entrar, había una casa vieja, toda torcida, como si se estuviera cayendo pero nunca se caía. Ahí vivía una bruja de la que todos hablaban, pero nadie había visto, o al menos nadie que hubiera vuelto.
Decían que tenía un espejo no muy común, sino uno que atrapaba a cualquiera que se mirara en él.
Una tarde, por hacerse los valientes, Tomás y sus amigos decidieron ir.
—Dale, no pasa nada, son cuentos para asustar nenes —dijo uno de sus amigos. Tomás no estaba tan seguro, pero igual fue.
Entraron a la casa. Todo estaba lleno de polvo y el aire era pesado, como si algo los estuviera mirando.
De repente, una puerta se cerró sola. Tomás le preguntó a sus amigos si habían escuchado eso, y ahí la vieron: la bruja estaba parada al fondo del pasillo, sonriendo.
Era de esas risas que te dan escalofríos.
—Llegaron —dijo la bruja con una voz rara.
Antes de que pudieran correr, la bruja levantó un espejo viejo, con un marco oscuro y gastado.
—Miren —susurró la bruja.
Uno de los chicos, sin pensar, miró y desapareció, así de la nada.
—¿Qué hiciste? —gritó Tomás.
La bruja rió.
—Ahora es parte de mi colección.
Tomás quiso escapar, pero la puerta no se abría. La bruja se acercó lentamente, sosteniendo el espejo frente a él.
—Todos terminan mirando —dijo.
Tomás trató de no hacerlo, de mirar para cualquier lado, pero fue imposible, como si el espejo lo llamara. Y cuando levantó la vista, se vio a sí mismo, pero no estaba solo: detrás de su reflejo estaban todos los que habían desaparecido antes.
Tomás intentó apartarse, pero ya era tarde. La bruja volvió a sonreír, dejando el espejo apoyado contra la pared.
Si alguien entraba ahora, vería un nuevo rostro atrapado, esperando.