POR: TOM * E.E.S N°80
Siempre, justo en cada noche, la veía ahí, recostada en el paredón, con esos ojos verde esmeralda. No hacía nada, solo me observaba. Yo trataba de no asustarla, aunque ella me aterraba o, más bien dicho, me incomodaba.
No le contaba sobre ella a mamá porque sabía que me ignoraría y me gritaría. Nunca tuve una buena relación con ella; siempre se iba y me dejaba solo. Pero esta vez fue diferente. Mamá se fue, como de costumbre. Todo fue igual que siempre, solo que ella, la gata, que siempre se recostaba en el paredón para observarme, estaba en mi ventana con la mirada fija en mí.
Era raro que estuviera tan cerca de mi habitación, solo mirándome, quieta, sin apartar la vista.
Cuando mamá regresó, le conté. Como era de esperar, me trató mal y me gritó que era muy paranoico. Callado, me dirigí a mi cuarto; mamá, en la sala, seguía gritando.
Pasó el tiempo. Yo crecí con miedo de esa gata. Mamá estaba igual, solo que más vieja y enferma. Un día tuve una discusión muy fuerte con ella. A pesar de que me necesitaba para cuidarla, se levantó de su cama con su cuerpo flaco y desnutrido, temblando y tambaleándose para agarrar mi ropa y lanzármela a la cara. Pero yo me adelanté, fui a tomar mis cosas por mi cuenta y comencé a armar mis maletas. Mamá gritaba que tuvo que arrojarme a un lago cuando tuvo la oportunidad. Yo la ignoraba y la gata, en la ventana, observaba con una sonrisa muy humana para un animal. Lo extraño era que pasaron años y aún vivía. Apenas terminé las maletas, me marché. Lo tenía claro: no viviría con ella.
Compré una casa con el poco dinero que tenía ahorrado y me quedé ahí. No era la mejor casa del mundo ni la más cómoda, pero, por lo menos, podría vivir tranquilo, como siempre quise, sin nadie que me molestara, me gritara o me tratara mal. Lo raro es que en las noches seguía sintiendo miedo. Seguía sintiendo ojos que me observaban. Cada vez sentía más miedo.
Agotado, fui a dormir ignorando mis temores. Pasé un mes tranquilo cuando, de repente, antes de que terminara el mes, me llamaron de un número desconocido. Al atender, era un hombre —parecía tener unos 35 a 40 años por su voz—. Al preguntar quién era, respondió ser un oficial que halló difunta a mi madre con cara de horror.
Según la descripción que dio el hombre de cómo mi madre se veía, me hizo sentir aún más aterrado. Lo que dijo fue lo siguiente:
«- Llevaba un pijama cubierto de sangre, tenía una cara de espanto que te hacía sentir incómodo, rasguños como si se los hubiera hecho un pequeño animal y las manos en su pecho como si tratara de respirar -«.
Se me congeló la sangre al escuchar lo de los rasguños. Mi teléfono se cayó de mis manos y ahí comprendí que lo que me miraba eran sus ojos verde esmeralda y que pronto iría por mí.
Mamá, yo tenía razón…