POR LUCÍA, CLARA Y ESTEFANÍA
Era el año 2022. Me encontraba en la sala de mi casa, recostado en el sofá. Hacía unos días había sufrido una lesión muy grave en la pierna jugando al fútbol, la cual me llevó a usar muletas.
Mientras estaba ahí, con mi pierna descansando, pensaba en los pasajes que habían sacado para Qatar, para ver el Mundial. Solo imaginarme estar ahí, viendo y escuchando el partido junto a todos los hinchas, me llenaba el corazón de una pasión inexplicable. Pero la realidad me sacaba rápidamente de esa ilusión: estaba lesionado y el cansancio me debilitaba cada día más.
Una mañana me levanté eufórico viendo un partido de fútbol de mi ciudad. Esa emoción me llevó a una locura: viajar a Qatar sin importar cómo.
—Llego como sea, pero llego —dije decidido.
Luego de un mes, llegué a Qatar. No lo podía creer. Era como una ilusión, un sueño, aunque rápidamente entendí que era real. Yo estaba ahí, entre todos los hinchas, festejando una pasión más fuerte que cualquier otra cosa.
El primer partido pasó lento y con mucha tensión, sobre todo porque estábamos perdiendo. La mayoría de los argentinos salimos desmotivados y decepcionados después de esa derrota.
Pero en el segundo partido la emoción volvió. Entre los hinchas se sentía algo distinto, algo familiar. Al minuto 64, Messi metió el gol y las gradas explotaron de emoción. Yo, estando en muletas, tenía todo más complicado, pero eso no impidió que me llenara de felicidad.
El partido terminó 2-0. Salí a festejar con todos los argentinos. Era una locura, pero una locura linda y familiar.
Al ver a todos con banderas argentinas y la cara pintada, no quise ser menos. Entonces se me ocurrió atar una enorme bandera argentina a mi muleta y seguir cantando y gritando junto a miles de argentinos.
A la mañana siguiente tenía el celular lleno de mensajes de familiares y amigos. Cuando lo revisé, vi una foto mía con mi muleta y la bandera argentina. En ese momento no lo podía creer, pero después entendí que esa imagen había quedado para la historia.