POR NICOLÁS, ALEXANDER, BRANDON Y MÁXIMO
En una ciudad donde nadie olvidaba, vivía una diosa llamada Medea.
Había dejado todo por un mortal: amigos, familia, incluso su propio orgullo. Él le prometió un futuro, pero cuando apareció algo mejor, la cambió como si nada.
Creyó que había engañado a una mujer. No entendió que había traicionado a una diosa.
Medea no lloró, no gritó, pensó.
Durante días observó, escuchó, esperó. No necesitaba espiar como los humanos: conocía los hilos invisibles que sostenían su vida. Sabía exactamente qué lo hacía sentir invencible… y qué podía destruirlo.
Una noche, él volvió a buscarla. Como si nada hubiera pasado.
—Sabía que ibas a volver —dijo ella sonriendo.
Lo dejó entrar. Le habló suave, como antes. Le hizo creer que todo estaba perdonado. Pero no era amor lo que quedaba, era cálculo.
Esa misma noche, mientras él dormía, Medea extendió su poder. No tocó su teléfono: tocó su destino.
Sus secretos comenzaron a salir a la superficie como si el mundo mismo quisiera delatarlo. Mensajes ocultos aparecieron donde no debían, verdades enterradas llegaron a las personas correctas, mentiras cuidadosamente construidas se deshicieron solas.
No fue un error. No fue suerte. Fue voluntad.
Al amanecer, su vida empezó a derrumbarse.
Sus amigos vieron quién era realmente.
Su nueva pareja descubrió cada traición.
Su nombre se volvió sinónimo de engaño.
Todo expuesto con precisión divina.
Cuando él entendió lo que había pasado, ya era tarde.
—¿Por qué hiciste esto? —preguntó desesperado.
Medea lo miró sin emoción.
—Porque pensaste que yo iba a sufrir sola.
Y se fue.
Pero lo que nadie vio es que, al irse, tampoco le quedaba nada: incluso una diosa paga el precio de amar a un mortal.
Había ganado la venganza… y perdido todo lo demás.