LA ABUELA Y SU HINCHADA

Letras y Autores

LA ABUELA Y SU HINCHADA

Pixelados La Plata junio 1, 2026

POR MATEO

Doha, una hervidera de camisetas celestes y blancas. Desde el comienzo del partido, el ritmo del bombo tradicional se convertía en nuestra tribuna: cumbia, percusión, banderas y un calor que te cortaba la respiración, pero que a nadie le importaba, porque la ilusión nos desbordaba el pecho. Éramos miles cantando a los gritos, saltando como si estuviéramos en el patio de nuestra casa.

En medio de todo ese tsunami de locura y euforia, de repente vi a una abuela. Tenía una sonrisa hermosa que le iluminaba la cara, unos ojos brillantes y una fragilidad que contrastaba por completo con los saltos salvajes que estábamos dando nosotros. Estaba ahí, firme entre la marea de camisetas, levantando los brazos con una timidez que le duró apenas unos segundos, porque el descontrol de la hinchada terminó llevándola al ritmo de nuestros bombos.

Nos miramos con los pibes. El fútbol tiene eso, ese código mudo donde no hace falta hablar para entenderse. Sentimos una ternura instantánea, una mezcla de extrañeza y admiración por verla allí, vibrando los trapitos a miles de kilómetros de casa.

Durante el ritmo de cumbia que sonaba de fondo y sin pensarlo mucho, Marcelo del alma empezó a cantarle con la voz quebrada de emoción:

—“¡Abuela, la, la, la…!”

—“¡Abuela, la, la, la…!”

Mis amigos se sumaron al segundo. En menos de un minuto, el grupo de diez hinchas se convirtió fácilmente en cientos de personas rodeándola y dedicándole esa canción. Ella se abrazaba, se reía y lloraba con una emoción que nos contagió a todos, incluso a algunos que no conocíamos. Solo el fútbol logra eso: capturar en un instante los sentimientos más puros y convertir una anécdota en algo eterno.

Jamás imaginamos que, al subir el video a las redes esa misma noche, esa chispa se iba a convertir en un incendio. A la mañana siguiente, el país entero cantaba lo mismo. La historia se transformó en la de “La Abuela”, y aquella canción pasó a ser un símbolo de alegría y unión argentina en el Mundial más feliz de nuestras vidas.

Mucho tiempo después, cuando nos enteramos de su partida, se nos estremeció el corazón. Pero al ver que las redes se volvían a llenar con los videos de ella sonriendo en Doha, sentí que no se había ido del todo. Que, en una esquina perdida del desierto, un grupo de desconocidos había regalado un momento eterno y que esa sonrisa jamás iba a dejar de estar.

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