POR TIANO, DANTE, SANTINO Y AGUSTÍN
En lo profundo de los bosques de Grecia, donde casi no llega el sol, reinaba Artemisa, diosa de la caza y protectora de la naturaleza. Con su arco, recorría las montañas junto a sus ninfas, disfrutando del silencio del mundo salvaje. Valoraba mucho su libertad y exigía respeto a cualquiera que entrara en sus dominios.
Un día de verano, hacía mucho calor y decidió bañarse con sus doncellas en una fuente escondida entre las rocas. Mientras estaban allí, el príncipe Dimitri , que cazaba cerca, se perdió y llegó a la fuente acercándose con curiosidad. Al verla desnuda, se quedó paralizado. Artemisa, al sentirse observada, se enfureció. No iba a permitir que un mortal viera algo así. Entonces le tiró agua en la cara y lo maldijo: “Ahora veamos si puedes contar lo que viste”. En ese momento, Dimitri se transformó en un ciervo. Confundido, salió corriendo, pero sus propios perros no lo reconocieron y lo atacaron. Así, la ira de Artemisa mostró que nadie debe faltar el respeto a los dioses.