POR LUANA, LUNA, ARLEY Y LUZ
Había una vez un águila calva. Durante la tarde estaba por la cancha vacía y silenciosa. Clutch soñaba con vivir una aventura muy emocionante que solo era saludar a las personas antes de jugar en los partidos. Todas las noches miraba el cielo y pensaba que algún día algo iba a pasar. Entendió que ser una mascota no solo significaba animar partidos, sino también ayudar a los demás y no rendirse porque aunque sus sueños estén lejos siempre intenta, una y otra vez. Si te caes te levantas y seguís para adelante porque todo no es fácil. Mientras todos los equipos estaban tristes porque el torneo más importante del mundo corría peligro, Clutch decidió ayudar.
Apenas comenzaba el partido la pelota se movía de un lado a otro. Clutch corría por toda la cancha esquivando rivales, hacía pases perfectos, robaba pelotas y levantaba al público con cada jugada. En un momento un jugador enemigo intentó quitarle la pelota, pero Clutch hizo una bicicleta increíble y sorprendió a todos. Como hizo goles desde las tribunas gritaban ¡Vamos Clutch! ¡Dale, vos podés! ¡Corre más! Mientras el partido estaba empatado, solamente faltaban minutos para terminar. Clutch recibió un pase largo desde la mitad de la cancha. De una vez por todas corrió con velocidad mientras los defensores intentaban detenerlos. Pero Clutch no se rendía. Cuando llegó cerca del arco, el estadio quedó en silencio. El arquero rival era enorme y parecía imposible meter un gol.
Clutch respiró profundo y recordó el esfuerzo que había hecho para llegar hasta allí. Pateó con toda su fuerza, la pelota salió disparada como una estrella brillante y entró justo en el ángulo. ¡Gol! Dijeron. Se ponían a celebrar, la gente saltaba contenta y sus compañeros fueron corriendo a abrazarlo.
Gracias a ese gol ganaron y Clutch se convirtió en una leyenda. Desde ese día lo recordaron al águila, no solo porque era una mascota sino como el jugador que nunca dejó de luchar hasta el último momento.