POR AGUSTINA, ANTONELLA, AILÍN Y JUSTINA
Romina Gutiérrez tenía 40 años y vivía con sus dos hijos, Tomás de 20 años y Sofía de 16 años. Era muy estricta, pero eso no siempre había sido así. A su hijo más grande hace un par de años le robaron en la calle y apuntaron con un arma. Después de eso la mamá se quedó con mucho miedo, lo que hizo que sea muy sobreprotectora con ellos, más que nada con Sofía.
Sofía, cuando entró en la adolescencia, veía cómo sus amigas habían empezado a salir, pero ella no podía, se quedaba siempre en la casa. Siempre eran las mismas respuestas cuando preguntaba si podía salir: “Te puede pasar algo”, “La calle es peligrosa”. Lo peor de todo es que no podías insistirle, porque se enojaba más. Todos los días eran las mismas peleas de siempre, hasta que un día ella no insistió para poder salir, fue al colegio como siempre, o eso creía su mamá.
Romina estaba en su consultorio, trabajando como nutricionista, cuando llamaron.
—¿Hola?
— Buenos días. Somos del colegio, queríamos saber por qué Sofía no vino hoy, ya van varias faltas.
—¿Cómo que no fue? Si la vi salir hacia el colegio.
Romina se dio cuenta de que varias veces se había rateado del colegio. Llamó a Sofía, muy enojada, pero no atendía; le mandó muchos mensajes, pero tampoco los había visto, entonces llamó a las amigas de ella, pero no sabían nada, ellas sí habían entrado al colegio. Ahí es donde se empezó a asustar su mamá, porque se dio cuenta de que esta vez se había ido sola. Llamó a todas las personas que podrían saber dónde estaba, pero nadie sabía nada. Pasaron las horas y ella nunca volvió.